2014 Tatuajes de la Conciencia

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Contacto: dmulanovich@gmail.com
PRESENTACIONES
Tatuajes de la conciencia
A fines de los noventa visité a Denise Mulanovich en su casa-taller, un estupendo cubo multiusos que se erguía elegante sobre un terreno pelado en una urbanización de Villa, tan cerca del mar como de los pantanos. Su casa me recordó la mía, que por entonces era apenas un pozo rodeado de cobertizos arropados por los naranjos de la vega del Guadalquivir. Quienes vivimos a las afueras, en los límites o por las periferias, sabemos que la creación del espacio es parte de nuestra creación, porque la aridez de una parcela es como el lienzo imprimado y la página en blanco. Así, casi veinte años más tarde, la obra artística de Denise Mulanovich tiene mucho en común con su arte de obrar la tierra, los árboles y el espacio de sus creaciones.

Antes de pasar a ver sus últimos cuadros contemplé los molles, las poncianas, los huarangos, los ceibos, los boliches y la palmera real que reinaban majestuosos en un jardín cuajado de bignonias rosadas, donde una vieja tabla sesteaba risueña como un altar pagano dedicado al surfismo zen. Veinte años atrás, nada de aquel esplendor existía y pensé que las miniaturas vegetales de la primera exposición de Denise en 2002, muy bien podían haber sido las semillas, los esquejes o los retoños de aquella floresta pugnando por crecer. No es fácil arrancarle verdores al desierto, y tal vez por eso en su muestra individual de 2008, Denise tituló algunas telas «Arena en la lengua», «El desierto nunca se acaba», «Soy entonces toda la arena», «Mi casa» y «Mi casa es biológica», donde vemos minúsculas briznas verdeando calvas y territorios ígneos. Si sus tiernos árboles hubieran podido hablar entonces, quizá le habrían susurrado los mismos títulos.

Denise desplegó ante mí sus nuevos lienzos y reconocí sus colores, sus pinceladas, sus veladuras, sus figuras humanas, sus animales y de manera especial esos perros que nunca son el mismo, aunque todos sus perros se hayan convertido en uno solo. Sin embargo, también descubrí algunas novedades, pues las hebras verdes se habían vuelto frondosas, la luz rompía en flor en más de una pintura y el mar irrumpía torrente en forma de olas, mareas y paisajes sumergidos. Siempre he sentido una fascinación singular por los bocetos, los cuadernos y las maquetas de los artistas, y cuando Denise compartió conmigo las virutas de su taller, comprendí que aquella maravillosa casa era el reflejo de su plenitud artística y viceversa.

Hace unos años, Denise quedó hechizada por un libro de José Watanabe –Cosas del cuerpo (1999)-, donde halló los versos que le permitieron nombrar las imágenes que ya ardían en sus pensamientos, porque el propio Watanabe nos enseñó "que el fraseo poético nace de nuestro modo de ser". Es decir, que mientras leía a Watanabe, Denise pintaba cómo los arenales de Villa se convertían en su propio jardín:

Sí, mi casa es biológica. En el aire hay un latido suave, un pulso que con los años se ha concertado con el mío.

Mi casa es membranosa y viva, pero no es asunto uterino. Estoy hablando del lugar de mi cuerpo que he construido, como el pájaro aquel, con baba y donde espacio y función intercambian carne.

Gracias a la bella visión que inspiró a Watanabe el poema «La piedra alada», Denise se propuso que el boceto de cada uno de sus lienzos fuera una piedra policromada, igual que diseñó su casa sobre una "breve piedra del desierto". Si versos como "A veces sueño que me expando / y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande / que los más grandes. Yo soy entonces / toda la arena, todo el vasto fondo marino", le sugirieron a Denise que el cuerpo era límite y universo, su hallazgo plástico ha sido el universo natural como cuerpo ilimitado. Sí, Denise Mulanovich leyó a José Watanabe, pero parafraseando al poeta, se decantaron en su pintura los versos que coincidieron con su personalidad y se procesaron con sus circunstancias.

Siento un gran respeto por quienes son capaces de crear desde el conflicto, la tensión y el desasosiego, pero admiro sin reservas a quienes crean desde la bonhomía, la templanza y la serenidad. Así, estas pinturas de Denise Mulanovich pregonan su simpatía con el mundo y nos inundan de una energía bonancible que sólo puede atesorar alguien que ha encontrado la paz en su casa, en sus árboles, en sus perros y por supuesto en sus tablas, porque todo aquello no es lo que hace falta para la creación, sino sencillamente la creación. En lugar de lamentarse por la expulsión del Paraíso, Denise ha creado uno más hermoso todavía, a su imagen y semejanza.

En esta tercera muestra Denise Mulanovich ha pintado los paisajes de su alma o –como ella prefiere decir- los tatuajes de la conciencia.


Fernando Iwasaki, Sevilla, invierno de 2013